Los efectos del cambio climático ya son visibles y se espera que, bajo el escenario actual, se incrementen sus impactos en el futuro cercano. Este aumento de las temperaturas ocurren como consecuencia de mayores emisiones de gases de efecto invernadero (GEIs) provenientes principalmente de la combustión de hidrocarburos (carbón, gas y petróleo) y los cambios en el uso de la tierra. Entre las actividades que emiten GEIs en Argentina se encuentran la agricultura, la ganadería, la silvicultura, la generación de residuos, procesos industriales y la generación de energía.
La producción de energía es la fuente principal de emisión de gases de efecto invernadero en Argentina y su matriz está basada en la combustión de hidrocarburos, en un 85%, principalmente por gas, seguida por petróleo. En menor medida la matriz energética está compuesta por energía proveniente de la biomasa, la energía hidroeléctrica, el carbón, la energía nuclear y otras energías renovables. Si bien los combustibles fósiles dominan la matriz, Argentina posee diversidad de fuentes de energía y capacidades tecnológicas, científicas y productivas que podrían desarrollar mayores fuentes de energía con bajas emisiones de gases de efecto invernadero.
Bajo este escenario, donde la generación de energía proveniente de los combustibles fósiles es uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero, se requiere un cambio en la matriz energética. A nivel global, han aumentado la producción de energías llamadas “limpias” o renovables dado que son bajas en emisiones de gases de efecto invernadero. Esto se debe a que no provienen de la quema de combustibles fósiles, e incluyen la energía solar, la eólica, la hidroeléctrica, etc. Si bien son bajas en emisiones no son del todo accesibles para cualquier persona ni son del todo “limpias” ya que la obtención de las materias primas necesarias para su fabricación suele depender de actividades extractivas desarrolladas en territorios donde no existe licencia social ni consentimiento de las comunidades afectadas.
Asimismo, generar energías necesita energía. Su producción, expansión y comercialización también requiere energía, por lo que cabe preguntarse para qué la vamos a usar y cuáles son las actividades prioritarias. Resulta perentorio discutir sobre la transición energética, sobre el sistema actual de generación de energía y sus impactos socioambientales. Así como también, la condición de la energía como derecho y condición para la vida social, las desigualdades en el acceso a la energía y la pobreza energética, y la democratización de los sistemas energéticos.

Energía como derecho y pobreza energética
La energía constituye una condición fundamental para el desarrollo de la vida. Para satisfacer las necesidades básicas necesitamos energía, para cocinar, calefaccionar los hogares, conservar alimentos, estudiar o acceder a tecnologías de información. A pesar de que se requiere una matriz energética baja en emisiones de gases de efecto invernadero y que existen nuevas tecnologías para ello, este tipo de tecnologías no son accesibles para todos por igual. Garantizar el acceso universal a la energía no solo implica asegurar el suministro, sino también reconocerla como un derecho que habilita otros derechos sociales y económicos. La falta de acceso a fuentes seguras obliga a millones de personas a recurrir a combustibles como la leña o el carbón, lo que genera impactos ambientales y sanitarios, además de profundizar desigualdades sociales.
Es así que, mientras sectores de altos ingresos y grandes empresas concentran gran parte del consumo energético; amplias poblaciones —especialmente en el Sur Global— enfrentan situaciones de pobreza energética (Amigos de la Tierra Internacional, 2025). La inequidad energética es un problema a nivel global que afecta a gran parte de la población. Se estima que 733 millones de personas, o una de cada diez personas en el mundo, todavía no tienen acceso a la electricidad ni oportunidades para llegar a ella (Volodzkiene & Streimikiene, 2023). Al mismo tiempo, un tercio de la población mundial, no cuentan con acceso a energía para cocinar (Volodzkiene & Streimikiene, 2023).
En Argentina y la región, la pobreza energética se define tanto a la falta de acceso a energía mediante sistemas modernos como no poder utilizar la energía para satisfacer sus necesidades físicas y sociales (Castelao Caruana y Méndez, 2019). Se da como resultado además de la interacción entre las tarifas de energía, la eficiencia energética de las viviendas -su infraestructura y equipamiento- y el ingreso de los hogares. Se ha estimado que en nuestro país, sólo el 20% de los hogares urbanos relevados en la Encuesta Nacional sobre Estructura Social (ENES) cuenta con acceso a energía moderna y confiable (Castelao Caruana y Méndez, 2019). No obstante, la desigualdad y la pobreza energética han escalado durante los últimos años debido al aumento de las tarifas de electricidad, especialmente durante 2024. Se reportaron incrementos que oscilaron entre el 30% y el 300% en comparación con las tarifas anteriores, lo que llevó a una gran crisis para los hogares de bajos y medianos ingresos en su posibilidad de pagar éste y otros servicios básicos. Esto por supuesto afectó con fuerza a los espacios comunitarios, como los comedores, que además sufrieron la quita de subsidios y la falta de entrega de insumos alimentarios por parte del gobierno de extrema derecha de Javier Milei. Si la energía es un derecho, debe garantizarse el acceso básico a todos los sectores de la población.
Estas desigualdades adquieren además una dimensión de género, ya que las mujeres suelen estar sobrerrepresentadas en contextos de pobreza y asumir gran parte de las tareas domésticas y de cuidado que dependen del acceso a la energía (Amigos de la Tierra Internacional, 2025; Castelao Caruana y Méndez, 2019). En Argentina, la pobreza energética afecta con mayor intensidad los hogares que utilizan más horas de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, tareas que están principalmente dedicadas por mujeres (Castelao Caruana y Méndez, 2019). Disminuir la brecha de acceso a la energía es fundamental para garantizar una transición energética justa.
Transición energética justa y democratización de los sistemas energéticos
La transición energética implica una transformación en la manera en que se produce, distribuye y consume la energía. Su propósito es reemplazar la dependencia de los combustibles fósiles por fuentes renovables, como la energía solar, eólica, hidroeléctrica y geotérmica. Esto resulta clave para disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero que provienen de la generación de energía. A nivel mundial, cerca del 80 % de las emisiones de gases de efecto invernadero se vinculan al sistema energético basado en combustibles fósiles (Ge, Friedrich, Vigna, 2024).
Si bien se requiere una transformación del sistema energético actual, esta transición debe dar prioridad a la equidad y la inclusión. Se requiere una transición justa, que garantice la equidad y la inclusión para todas las personas; por ejemplo para quienes trabajan en sectores que dependen en gran medida de los combustibles fósiles, quienes podrían perder su empleo y sus ingresos, y también para las comunidades vulnerables al encarecimiento del costo de vida, la desigualdad y a la inseguridad energética. No obstante, también implica que los minerales necesarios para la transición energética suelen implicar la apropiación de recursos minerales en territorios habitados por comunidades locales, que muchas veces experimentan degradación ambiental, pérdida de medios de vida y conflictos territoriales. En este contexto, ciertos territorios se convierten en “zonas de sacrificio” destinadas a sostener patrones de consumo energético intensivos en otras regiones del mundo, lo que evidencia las desigualdades territoriales que atraviesan el sistema energético global.

Si bien la pobreza energética es característica del modelo de energía basado en combustibles fósiles, también puede reproducirse si la transición a energías renovables no viene aparejada de un cambio de sistema de producción, distribución y consumo. La generación de energía con baja emisión de carbono a gran escala se destina a abastecer de energía a grandes empresas como las de centros de procesamiento de datos (big data) y minería, más que a hogares o a reducir la brecha de acceso a la energía (Amigos de la Tierra Internacional, 2025). Es por eso que las políticas energéticas enfrentan múltiples tensiones al intentar compatibilizar objetivos de seguridad de suministro, equidad en el acceso y sostenibilidad ambiental. La transición hacia energías renovables se presenta como una estrategia clave frente a la crisis climática, pero también plantea interrogantes sobre cómo financiar, cómo reorganizar los sistemas productivos y cómo evitar la generación de nuevas dependencias o desigualdades. Es decir, una transición energética justa busca garantizar que el cambio hacia fuentes renovables contribuya a reducir las desigualdades existentes, evitando reproducir dinámicas de exclusión y promoviendo condiciones de acceso equitativo a la energía para todas las personas.
La forma en que se gobiernan y gestionan los sistemas energéticos constituye un aspecto central del debate sobre la transición. Diversas perspectivas sostienen que el control del sector energético no debería concentrarse exclusivamente en empresas privadas o grandes corporaciones, sino incorporar mecanismos de regulación pública y participación social. La democratización de la energía implica transparentar los procesos de producción y distribución, garantizar la rendición de cuentas y promover formas de gestión que prioricen el bienestar colectivo por sobre la maximización de beneficios económicos (Arroyo, 2022).
Un sistema energético basado en las imposiciones mercantiles dista entonces de ser democrático, tanto en su gestión como en la garantía de acceso para toda la población. Establecer prioridades de uso es una cuestión colectiva y de desarrollo nacional.

Bibliografía consultada
Amigos de la Tierra Internacional. (2025). 10 principios clave para una transición energética justa y feminista. https://www.foei.org/wp-content/uploads/2025/09/10-PRINCIPIOS-FINAL-ES-1.pdf
Arroyo, J. I. (2022). Energía. En Clima: El desafío de diseño más grande de todos los tiempos. El Gato y La Caja. https://elgatoylacaja.com/libros/clima/energia
Castelao Caruana, M. E., & Méndez, F. M. (2019). La pobreza energética desde una perspectiva de género en hogares urbanos de Argentina. SaberEs, 11(2), 133-151.
Ge, M., Friedrich, J., & Vigna, L. (2024, 5 de diciembre). Where do emissions come from? 4 charts explain greenhouse gas emissions by sector. World Resources Institute. https://www.wri.org/insights/4-charts-explain-greenhouse-gas-emissions-countries-and-sectors
Volodzkiene, L., & Streimikiene, D. (2023). Energy inequality indicators: a comprehensive review for exploring ways to reduce inequality. Energies, 16(16), 6075.


